México virtual: la modalidad académica online desde la perspectiva de una estudiante promedio
16 de marzo del 2020.
Autopista México – Tuxpan, Autobús Poza Rica – Puebla, el cual había salido a
las 11 horas con 30 minutos de su origen y ya llevaba, aproximadamente, una
hora de camino. Yo regresaba a Puebla para continuar la que ya era mi vida
cotidiana desde hacía siete meses, cuando me mudé a esa ciudad para estudiar la
universidad. Había regresado a mi ciudad natal debido a las semanas “libres”
que hasta el momento habíamos tenido debido al paro de actividades como señal
de protesta por la tragedia relacionada con los estudiantes de la Facultad de
Medicina, pero ya era momento de volver a la rutina. Hasta el momento, había
sido un viaje como cualquier otro, con la excepción de que tanto mi tía, que me
acompañaba en el viaje, como yo, y el resto de los pasajeros, traíamos puestos
cubrebocas, no por moda (ni tantito), sino por obligación; el Covid-19 ya había
llegado a México, ya había sido nombrado ‘pandemia’, sin embargo, nada que usar
cubrebocas y gel antibacterial cada que uno saliera no solucionara.
De
pronto, un mensaje: suspensión de clases hasta nuevo aviso.
No
era un rumor, era un comunicado oficial, un documento con escudo y todo. Así
que era oficialmente cierto: la cuarentena había comenzado. “Como medida de
prevención”, informaban los medios; sin embargo, esta medida requeriría de
otras medidas, ya no iba a ser suficiente usar cubrebocas y gel antibacterial
cada que uno saliera, dado que uno ya no iba a poder salir. La cuarentena iba a
requerir medidas como, por ejemplo, las clases virtuales.
Aún
quedaba más de la mitad del semestre por evaluar, por lo que perder más tiempo no
era una opción. El personal docente y administrativo se organizó lo mejor que
pudo, y nosotros retomaríamos nuestras clases de forma virtual en una semana.
No tardamos mucho en darnos cuenta de que no sería lo mismo; si bien la
modalidad en línea en el ámbito académico no es un fenómeno nuevo, lo es para
quien nunca lo había experimentado en su vida (yo, por ejemplo). Al principio
se utilizaron diversas plataformas: Facebook, Teams, Classroom, Zoom, Discord…
según las preferencias de cada maestro, dado que ninguna de ellas había sido
designada oficialmente por la Universidad, no se había tenido tiempo para eso.
La
nueva modalidad comenzó a ser detestada por la mayoría. Pronto comenzaron los
‘memes’, las quejas y el estrés. Sin embargo, fuera de las molestias
adjudicadas a las clases en sí, apareció una ola de ventajas y desventajas con
respecto a lo que aquéllas implicaban: por un lado, los foráneos que extrañaban
a su familia, su casa y los amigos y, quizá, la pareja sentimental que habían
dejado en su ciudad de origen, regresaban con la posibilidad de verlos y estar
con ellos de nuevo, de volver a comer la comida que durante tanto tiempo les
había sido familiar, de gozar de las comodidades propias de su hogar inicial,
como tener comida hecha todos los días, y estos privilegios también eran
aplicables para, ¿por qué no?, algunos locales que quizá ya habían olvidado lo
que era, por ejemplo, comer en familia; sin embargo, por mucho que nos gustaría
que la vida estuviese llena de ‘pros’, había estudiantes que no podían evitar
ver más ‘contras’, comenzando con aquellos foráneos cuya nueva vivienda le
brindaba la paz emocional y/o psicológica de la que carecía su vivienda
original, o aquellos que no llevaban una buena relación con su familia, pero
tenían que volver porque “¿qué vas a hacer allá tú solo(a)?”, o los que no
poseían servicio de internet o algún dispositivo para continuar sus clases en
línea y usaban la computadora que su compañero de aula o de cuarto le prestaba,
por ejemplo, o aquellos locales, que veían las horas de escuela como una
escapatoria del infierno que vivía mientras estaba en su casa… por mencionar
algunos casos.
Cabe
mencionar que la contingencia comenzó como una mera cuarentena en todo su
sentido etimológico inicial: un aislamiento de 40 días, por lo que alguna vez
tuvimos la esperanza de que lo que comenzó aproximadamente el 20 de marzo,
terminara para el 30 de abril. Sin embargo, a siete meses de la contingencia,
me parece que hablaría por todos si me atrevo a decir que la vida da muchas
vueltas en tal periodo de tiempo, de modo que, para algunas personas que al
principio encontraban más ventajas que desventajas, o viceversa, en pasar mayor
tiempo en casa, es probable que en cierto momento las situaciones se hayan
invertido, para bien o para mal.
En
eso, llega la intervención tanto del gobierno como de las ONGs: las becas
proveedoras de equipos computacionales. Ya fueran éstos prestados o regalados,
las instituciones (gubernamentales o no) seguro dieron su máximo esfuerzo para
que la educación en línea fuera más accesible. Sin embargo, en un país donde ni
la educación presencial es completamente accesible, donde había, hasta el 2015,
4.7 millones de personas mayores de 15 años analfabetas, donde la tasa de
pobreza es del 41.9 por ciento, lo que equivale a 52.4 millones de personas
(casi la mitad de la población), y, por supuesto, donde las becas no son para
todo aquel que las solicite, probablemente tal intervención haya sido favorable
sólo para una muy pequeña minoría.
Y,
bueno, con todo esto, ¿las clases virtuales son óptimas?
A
siete meses de la contingencia, uno se acostumbra. “Sí, pero, ¿son óptimas?”,
siguen preguntando. Y yo sigo respondiendo: uno se acostumbra. El ser humano
nació para adaptarse a su entorno, aunque no siempre le guste. Si a uno no le
gusta el aguacate, pero está hambriento a morir, y aguacates es lo único que
hay, aguacates come; si a uno no le gustan las clases en línea, ni le parecen
“óptimas”, pero quiere y/o necesita, y tiene la posibilidad de seguir
estudiando, y clases en línea es lo único que hay, clases en línea toma. Y,
claro, habrá quienes disfruten más esta modalidad, habrá a quienes se les
facilite el aprendizaje de este modo, pero también habrá a quienes no, puesto
que el aprendizaje no es un ‘algo’ que todos puedan tomar de la misma forma; es
como la escritura: habrá quienes toman el lápiz con tres dedos, habrá quienes
lo tomen con dos, y habrá quienes lo tomen con toda la mano, y, sin embargo, el
objetivo es el mismo: escribir y que se entienda. Por lo que, guste o no la
modalidad en línea, el objetivo del alumno es aprender, y el de todos los
docentes, debería ser ayudarlo a que aprenda, y, en una realidad
utópica, lo sería, pero no es un secreto que no todos los docentes son docentes
necesariamente por vocación. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando el docente tiene
vocación, pero se encuentra limitado por el plan de estudios y las
instrucciones que otorgan las instituciones reguladoras de la educación en
México? Un desastre, eso es lo que ocurre, tanto para el docente como para el
alumno. Un desastre compuesto por estrés, ansiedad, cansancio, falta de sueño,
dolores lumbares, vista cansada, etcétera.
Guste
o no la modalidad en línea, tenemos claro que México no es un país al que se le
pueda sorprender con una contingencia, y esto hablando únicamente del ámbito
académico.
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